septiembre 25, 2019 Arturo Domínguez Macouzet

“DISFUNCIÓN ENTRE LA ACADEMIA Y EL DESEMPEÑO PROFESIONAL”

Un paso gigantesco que habremos de brincar entre lo que se estudia y aprende y lo que realmente se requiere en la praxis.

NOTA: Disfunción: la debemos entender como el trastorno o alteración en el funcionamiento de una cosa; como algo que funciona deficientemente…es decir que la “cosa” o “asunto” no funciona como debería o como fuera deseable.

Es sabido que en el caso específico del DISEÑO industrial y gráfico, el proceso de “enseñanza” en México fue al revés que las demás profesiones conocidas hasta entonces (1950), como en el caso, por ejemplo de la arquitectura, la ingeniería o las artes plásticas: de la práctica cotidiana ancestral (artesanos, maestros constructores, o personas con el suficiente ingenio para resolver los problemas que la vida les iba exigiendo), surgió la necesidad de establecer estudios “formales” para capacitar a más personas y con mejores resultados; a través de la investigación, la observación y el intercambio de conocimientos y habilidades, fue como se instituyó el proceso académico de estas actividades, volviéndose oficios a nivel técnico o profesionistas con estudios “universitarios”, con  formalidad, importancia y valor social.

El diseño de referencia, el industrial y el gráfico, por lo menos en México, surgió primero en las aulas de universidades  reconocidas, para poder ofertar especialistas en un mercado (a la industria y a las empresas en general) que todavía no demandaba esos servicios, porque probablemente no se entendía a qué se dedicaban o para qué servían realmente los “diseñadores”.

Tradicionalmente el trabajo creativo que recurría a la tecnología-industrial, lo hacían con solvencia -para las necesidades de esos mercados-, personas preparadas en actividades como la arquitectura, las ingenierías, la artesanía… maestros ebanistas, carpinteros, herreros, etcétera, ya que no existía el personaje llamado Diseñador Industrial o Diseñador Gráfico que ahora, a partir de que se empezaron a capacitar en aulas universitarias, se iban a encargar de sustituir a quienes lo venían haciendo por tradición, experiencia, habilidad e intuición, y porque alguien tenía que hacer las cosas de una u otra manera.

Aparece pues, en el ambiente profesional y sale al “mercado” un personaje desconocido llamado Diseñador, así, con esa etiqueta, con ese nombre, que atraía y daba la impresión de que era alguien diferente, especial, importante… y que en ese entonces no se entendía qué hacía específicamente (aunque creo que hasta la fecha sigue pasando lo mismo). Sin embargo, en algunos ambientes  laborales fueron bien recibidos. Las primeras generaciones de egresados –no necesariamente titulados-,

se esforzaron por demostrar para lo que servían y aunque las actividades eran muy limitadas en el trabajo de diseño industrial -diseño de productos para la industria-, se empezaban a foguear y a hacer presencia en el ámbito creativo en cuanto a la solución de problemas y resultados, con mayor especialización que quienes la venían ejerciendo empíricamente.

En términos generales los primeros egresados “profesionistas” estaban convencidos de que serían útiles para la industria y el comercio y que sus estudios darían buenos resultados en la medida en la que se esforzaran y lo demostraran en sus ámbitos de trabajo. El reto era y ha sido, el demostrar con hechos,  “actitud”, compromiso y “palabra de diseñador” que podían dar los resultados esperados ya que fueron capacitados en sus respectivos centros de estudio para ser “profesionales” y se esforzaron por ser diseñadores “de verdad”, por propia convicción. Se lo creían, lo asumían y así lo lograban. Ellos, los pioneros del diseño profesional, abrieron camino e hicieron que quienes los contrataban confiaran en su trabajo y se volvieran necesarios en el desarrollo creativo de la empresa o dependencia en la que se desempeñaban.

Había mucho trabajo, eran pocos y esos pocos abastecían las necesidades de quienes los requerían. Hubo pues un fenómeno interesante, en el que habiendo sido primero la oferta y después la demanda, por los resultados que se venían obteniendo,  los diseñadores adquirieron relevancia y respeto de quienes los contrataban y que identificaron su valor e importancia.

En los inicios de la enseñanza del diseño en las aulas, quienes diseñaban los planes de estudio y quienes impartían las materias, eran arquitectos, artistas, ingenieros, técnicos industriales, sociólogos… (de todo, menos diseñadores) y se propusieron- con la mejor de las voluntades y entendiendo la necesidad, la coyuntura social y la problemática académica- adiestrar, formar, capacitar y hasta orientar, a quienes también arriesgaron su futuro inmediato por unas “carreras” que eran completamente desconocidas y de las que no se sabía qué esperar en un futuro próximo. Las autoridades de las universidades apostaron por el diseño, los profesores, los alumnos, los padres de familia que permitían a sus hijos estudiar esa “cosa rara”, y finalmente en esta cadena de apuestas, riesgos, volados y necesidades, los empresarios –algunos diseñadores pusieron sus propias empresas de diseño-, cerraron el círculo y lo volvieron virtuoso, ya que tuvo consecuencias inesperadas:

se obtuvieron buenos resultados, pagaban “bien”, el trabajo del diseñador estaba bien valorado, se cobraba por los servicios de diseño de manera justa y proporcional a las capacidades, habilidades y conocimientos del diseñador; ya sea como empleado, como independiente o como empresario de su propio despacho o taller de producción industrial o gráfica.

Lo que nadie esperó, ni siquiera previó, es que el diseño se volviera una “moda”. Desgraciadamente se convirtió en una profesión deseada por quienes creyendo o sabiendo que dibujaban “muy bonito” o tenía una imaginación precoz y distinta a los demás de su familia, entonces deberían estudiar diseño, ya sea industrial o gráfico: ¡Horror! ¡Tragedia! ¡Drama! y caos… bueno, no para las instituciones de “enseñanza”, ya que vieron negocio o simplemente la oportunidad de ampliar sus instalaciones según la demanda y su oferta académica. Tristemente en pocos años, empezó la decadencia tanto de la enseñanza como del aprendizaje del diseño y por ende, de la práctica profesional.

En algunas instituciones, la eficiencia de la enseñanza decayó a niveles lamentables: la mayoría de los profesores fueron reclutados por las propias universidades, sin que tuvieran experiencia en la práctica profesional, les urgía tener una planta docente que diera el servicio que necesitaban dado la cantidad de alumnos que se inscribían en esas carreras. Así pues, los alumnos recibían teoría que generalmente no tenía nada que ver con la práctica, con la realidad. Los alumnos, en principio, asumían que iba a ser muy fácil trabajar en diseño una vez que salieran -titulados o no- de las aulas. Algunos solicitaban dar clases y otros suponían que serían tratados como seres especiales ya que se entendía que eran redentores o salvadores de la empresa a la que entraban e iban a crear “El Diseño” que nadie había podido ni siquiera imaginar.

Así que hubo una verdadera “invasión” de postulantes en todo el país para ser diseñadores especialmente gráficos y también proporcionalmente industriales. Se volvió negocio “enseñar” diseño y la oferta académica creció también desmedidamente. La criatura engordó y se volvió lenta, exigente, intolerante a que la contradigan, incapaz de entender ningún nivel de frustración, nómada en los trabajos, incapaz y poco, muy poco preparada. Una minoría, por desgracia, entra a estudiar sabiendo que es su vocación, se capacita adecuadamente y son quienes siguen sosteniendo el prestigio, la necesidad y el valor del ejercicio profesional del diseño.

A las autoridades de las instituciones donde se pretende capacitar a los alumnos para que sean “buenos” diseñadores, en su gran mayoría no les importa mucho lo que pasa con sus egresados, ellos sólo “producen” diseñadores y lo demás es problema de los egresados, salgan como salgan, se titulen o no, seguramente “se las sabrán arreglar” o ya se dedicarán  a la familia o a otra actividad diferente para mantenerse en su etapa adulta.

Cruel destino, lucha encarnizada, insolvencia del gremio: poca capacitación, poca vocación, ergo, poco compromiso con el oficio, mala reputación, bajo rendimiento… baja en el valor del salario o la remuneración por el servicio otorgado. Hay mucha competencia sin duda, en términos cuantitativos, pero poca, muy poca competencia en términos cualitativos. Cuando iniciaba la labor de los diseñadores pioneros, había un compromiso tácito y efectivo en los resultados, había pocos y se esforzaban mucho, había mucho trabajo, aunque estaban “menos preparados”, claro ejemplo que el nivel de compromiso y actitud, hace que supere al nivel de conocimientos, ya que estos últimos se adquieren trabajando.

Debemos aunar a esta lucha en el medio profesional que, debido a todas estas deficiencias mencionadas, hay cada día más necesidad de que las empresas tengan “diseño”, es decir hay más oferta que anteriormente, por obvias razones, por los niveles de exigencia y necesidades del mercado de consumo, ahora son las propias Universidades también competencia para el gremio de diseñadores, independientes, con despacho o empleados de empresas diversas,; las instituciones de enseñanza del diseño, no solo (no) enseñan, sino que además ellos mismos diseñan, son entonces un ente, para mi concepción, retorcido en el que: mal enseñan, mal cuidan a sus egresados ya que les quitan las opciones de trabajo, o las disminuyen y además mal trabajan y para colmo mal compiten (competencia desleal, digo yo) con precios o calidad en las entregas y atención al cliente. El cliente que seguramente paga menos –peor sería que pagara más- porque en la universidad le hagan el proyecto que necesita, estará atenido a los horarios de clase, a los calendarios escolares, a los requerimientos fiscales y a las condiciones políticas-académicas del plantel al que están contratando. Y con esto me surge una duda, ¿los clientes o empresarios, prefieren tratar con la universidad, cobijarse bajo la creencia de que les irá mejor, que tratar con los propios egresados de esa universidad? ¿Se estarán dando cuenta que no son buenos, que cobran mucho (o muy poco) y que no les dan confianza para que hagan lo que necesitan?

Yo no entendería enseñarle a mi hija a ser, por ejemplo, traductora de idiomas, y que cuando saliera de mi casa, empezara a quitarle quitar sus posibles clientes o les demostrara y publicara que yo soy mejor traductor que ella… no lo asimilo. Esa actitud me parece muy poco ética en todos los sentidos. Peor todavía, no les enseño ni demuestro valores como la congruencia, solidaridad, lealtad, respeto, consideración. He llegado a pensar que son algo así como los piratas del rey que mandan barcos a entregar mercancía pero en altamar los asaltan para seguir con el mismo procedimiento.

¿Qué podemos pensar de lo que opinan los empresarios, los que contratan a diseñadores, los que necesitan de sus servicios en sus oficinas, públicas o privadas, al verse invadidos de oferta mala, muy mala? Me queda claro que hay médicos, abogados, terapeutas, arquitectos, ingenieros, etc., muy malos también, pero el tema que aquí me ocupa es el de los diseñadores que también somos profesionales y debemos prestar nuestros servicios con la calidad y profesionalismos esperados.

Bajo la premisa de que “todo es resultado de un proceso de diseño”, que las cosas que existen alguien las diseñó (exceptúo por supuesto a la naturaleza, lo no creado por el hombre), entonces entiendo al diseño como algo sumamente importante como para que los mismos diseñadores boicoteen su trabajo, denigren su calidad y no luchen para que su prestigio y el del oficio recupere su valor original en el mercado, tanto en sus resultados como en el aspecto económico: mejores diseños, mejor valoración, mejores ingresos.

Insisto: existe una gran disfunción entre la academia y el desempeño profesional.

¿Qué pasa entonces con las organizaciones gremiales, con las iniciativas públicas o privadas de promoción del diseño, que deberían participar y/o intervenir como mediadores o promotores de la actividad profesional para que exista una justa valoración e interpretación del desempeño profesional y por supuesto de un mejor rendimiento para tener mejores resultados?

¿Otra todavía mayor disfunción? Tema para otra entrada…

Hasta la próxima ocasión.

El Diseño Imagina, crea…comunica.